La Soledad.

Una historia real, que compartí con un vecino acerca de la soledad de la vida, de la que muchas veces nos sentimos muy solos

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“Y cuando nadie te despierta por la mañana. Y cuando nadie te espera en la noche. Y cuando puedes hacer lo que quieras. ¿Cómo lo llamas? ¿Libertad o soledad?”.

-Charles Bukowski.

La soledad. ¿Qué es la soledad?, ¿es otra nueva fórmula de libertad?, o ¿es la soledad disfrazada de ansias de libertad que todos ansiamos? Es algo que estamos acostumbrados a ver todos los días, pero no nos damos cuenta, lo percibimos con cada persona que observamos a cada momento, pero lo más gracioso es que lo ignoramos, pero ¿es algo más que una palabra?, ¿es algo tangible?, es demostrable que se puede ver y no se puede esconder, siempre sale hasta en las fotos.

       Son preguntas retóricas que se hace uno mismo estando de luto o la libertad que uno ansía con nosotros mismos, pero ¿quién define el tiempo equivalente?, ¿hay una fecha de caducidad?, ¿o una fecha que diga, consumir preferentemente antes del…? Siempre me he preguntado y cuestionado estas preguntas y, sobre todo: si es el mismo duelo que pasa una persona que otra. Aquí empieza una breve y fugaz historia sobre la soledad o la libertad que todos y todas deseamos.

    Lunes cuya fecha no puedo acordarme. Los lunes para gente normal es una especie de tortura, para mí es un día normal, el inicio de una nueva semana, un nuevo comienzo. 7:30 a.m. comienza el inicio de la semana madrugando y en mi día libre, mi único día libre, preparo el desayuno, comida, y cena para mí y para mi vecino de enfrente, como habíamos acordado en la reunión de vecinos. Teófilo, octogenario, viudo, vive solo y le falta la pierna derecha.

    Somos una comunidad de más de veinte vecinos, cada uno con sus vidas, está la vecina que siempre pone música escandalosa a altas horas de madrugada, para ocultar sus gemidos y sus orgasmos de sus actos sexuales, está la vecina de arriba que despierta a todo el vecindario para pasear al perro a partir de las 8:00 a.m., un monólogo mañanero hacen mientras bajan las escaleras, está el vecino que vive encima de mí, fumador compulsivo y con insomnio que me tira las colillas que caen justo en mi puerta, en fin. Por lo menos la presidenta de la comunidad es de las pocos samaritanos que quedan, o la única que queda, si veis a alguno me avisais, siempre he creído que están en vías de extinción o escondiéndose como lo hace el monstruo del lago Ness o el yeti. Se preocupa por de sus vecinos, y sobre todo de Teófilo, octogenario, viudo, vive solo y le falta la pierna derecha. Acordamos en una reunión que, en nuestro día libre, no era una obligación alguna, por lo menos echar un vistazo si ella no está, si el hombre está bien, seria de gran ayuda si se le preparase el desayuno, comida y cena ya que el pobre hombre no puede. Yo no tuve ningún reparo en aceptar, no me importa preparar el desayuno, comida, cena para uno más, así, no tengo que tirar la comida, además me dio reparo, ya que nadie se ofreció para cuidarle los lunes, todos los días estaban cubiertos, y los lunes era el único día que nadie podía, y la presidenta de la comunidad trabajaba de turno completo. El problema es él, es avaro y grosero. Una mañana me lo encontré de su paseo matinal:

– ¡Buenos días! -Exclamé, con una sonrisa, con la mejor de mis sonrisas, ya que llevaba menos de una semana viviendo en el edificio. Me respondió con un áspero y seco, casi obligado:

-Hola. -Y entre murmullos oí:

-Hasta los extranjeros nos invaden el edificio. -Y pensé: -Que tipo más grosero. Esto no va a cambiar mi manera de actuar. Sí, soy extranjero, extranjero de mi propia tierra, no nací aquí, pero crecí aquí, no recuerdo muy bien mi propia tierra, vine muy joven, a la edad de seis años, llevo más tiempo viviendo aquí que en mi tierra natal, ya no sé nada de sus costumbres, se fueron disipando a medida que avanza el tiempo y mis costumbres son las de un madrileño cualquiera. 

    Pasaron los días y eran diferentes comentarios: “¡ay! Con el chino de la Conchinchina”, “los últimos de filipinas”, etc., etc., etc. Hasta que un día inexplicablemente se me agotó la paciencia: -Buenos días. Respondió Teófilo, octogenario, viudo, vive solo y le falta la pierna derecha, como si le fuese la vida en ello y no le dejé que terminara la sarta de insultos a mi persona y le respondí: -Abuelo, ¿de dónde viene de correr el maratón? ¿A usted deberían hacerle un descuento en zapatillas? ¿No cree? Y dijo: -Y es gracioso este chino de los cojones.

    Un día de libranza, antes de que me ofrecí voluntario, vi como un vecino le sacaba la mecedora para tomar el sol, y a la semana siguiente me compré uno solamente para vernos las caras de odio mutuo que teníamos, mientras nos balanceamos lentamente con el vaivén de la mecedora. No soy de las personas que odian a la primera, tampoco soy partidario a los que dicen que si te abofetean, hay que ofrecer la otra mejilla, soy más partidario a los que dicen: “ojo por ojo diente por diente”.

    Nos llevábamos muy mal, hasta tal punto que me picó la curiosidad, ¿es siempre así?, o ¿hubo algo que le hizo uranio? ¿Por qué él, es así conmigo?. Empecé a indagar más sobre él, sobre todo los lunes. Cada lunes que pasaba con él, cada día indagaba más acerca de su vida, cada día descubría mas piezas en ese entarimado de rompecabezas que era su historia. Su casa tiene un aroma especial, huele a melancolía y a nostalgia, está llena de fotos antiguas y actuales,  fotos en blanco y negro, es como viajar en el tiempo, al pasado, su pasado, lo tiene ordenado cronológicamente, entrando en el salón, en la pared de la izquierda, recorro su infancia, lo palpo, acarricio suavemente con la yema de los dedos, y entro en su etapa de adolescencia. La etapa que todos hemos pasado, con ojos vivaces, llenos de vida, de inocencia, con ganas de comerse el mundo y las incógnitas que nos espera, esperando el primer amor platónico, esperando el primer flechazo de cupido. Mientras avanzo recorriendo las fotografías, unos jóvenes en su primera cita, puedo jurar que puedo oír el latido de sus corazones, puedo sentir la sensación de nerviosismo e incomodidad pero a la vez de satisfacción, incredulidad y de sentimientos a flor de piel como olas gigantescas chocando bruscamente en el acantilado, y luego, el silencio, sin saber qué decir, algunas veces el silencio lo dice todo. Mientras avanzo en su vida como de una película se tratase me dió la impresión de que se conocieron en el colegio o en el instituto, en cada foto siempre están juntos, parecía que nadie podría separarlos,  y me pregunto, ¿fué el primero y el último? Sigo recorriendo las fotos mientras acaricio la pared, frío como el tiempo que pasa, sin esperar a nadie, justo en medio de la pared, el día de la boda, se me pasa por la cabeza, los votos, juramentos, y el típico “hasta que la muerte nos separe”. Una gran felicidad invade los ojos de la pareja, puedo sentirlo en mi propia piel la felicidad que tienen los dos ese día, miro a Teo de reojo, se había puesto detrás de mí y contempla la foto, veo que conserva la misma mirada, el paso del tiempo no lo ha cambiado, esos ojos que se miran tiernamente y declararon amor eterno, ese día hasta la eternidad. Avanzo en su película fotográfica, ahora me acompaña Teo, sus ojos cambian de expresión al haber creado; gracias a la unión de ambos, el primer hijo, y después con la misma expresión en sus rostros, el segundo. Fotos entrañables como los primeros pasos, de los niños. Recorro la arena de la playa que pisa Teófilo, sigo sus huellas que va dejando al caminar, siento la brisa marina que acaricia mi piel mientras carga con su hija sobre sus hombros y su hijo mayor agarrados de su mano dando sus primeros pasos con torpeza. Sigo avanzando en su eje cronológico de su vida plasmada en fotos memorables como si el tiempo y el espacio, no le afectaran sus sonrisas y la felicidad, inertes en las fotos. No quería llegar a este punto, en el que, por alguna razón, las fotos se convierten en individuales, fotos de soldado, fotos en la etapa de madurez de ambas parejas, niños ya crecidos, es curioso que haya muy pocas fotos familiares en las que estuvieran juntos, hay una que lo llamé “despedida”. Mientras observo la foto detenidamente, oigo el ruido de los trenes, puedo escuchar los sollozos de las demás personas, un ambiente cargado de incertidumbre, donde un abrazo o un beso puede que sea el último en dar, los ojos de la pareja ya no eran los mismos, llenos de vida y esperanza, veía otra cosa… no se explicarlo con palabras, unos sentimientos que salían a flote, pero sin salir, y sin poder expresar, ni siquiera a través de unos ojos rojos a punto de estallar en lágrimas. A partir de aquí ya no hay más fotos de la época, sino fotos actuales, fotos de sus hijos ya mayores, con sus familias y sus hijos, y Teo no aparece en ninguna de ellas, Teo, ¿qué te pasó?

       Mientras preparo la mesa para el desayuno, me pregunta:

-¿Qué has preparado?

-Unos huevos revueltos, bacon, pan, zumo de naranja natural y café

-Menudo prenda… si no me matas tú, lo hará el colesterol que me has preparado. -Tan áspero como suele ser.

-Para eso está el zumo, para bajar los niveles de colesterol… -Le guiño un ojo.

-Me recuerdas mucho a ella, siempre tenéis una respuesta para todo.

-Hábleme de ella, siento curiosidad…

-Déjame disfrutar de este manjar, el médico me lo ha prohibido, y llevo años sin probarlo, ya hablaremos más tarde. -Se deleita con el desayuno, para la próxima vez le haré un desayuno acorde a su índice de colesterol, ni había caído en eso, además dos huevos a la semana, no es malo, ¿o sí? Siempre desayunamos en silencio, yo preparo el desayuno y él prepara la mesa para dos, creo que soy el único que comparte mesa con él, porque los demás vecinos, le preparan el desayuno, la comida o la cena y se van a sus respectivas viviendas, seguramente echará de menos la compañía de alguien.

       Mientras recojo los platos me dice:

-Cuando termines saca las mecedoras y tomaremos el sol en el patio.

       Mientras nos balanceamos lentamente en nuestras mecedoras, en silencio, sin que uno rompa el hielo, viendo las palomas revolotear a nuestro alrededor, ajenos a la incertidumbre incómoda que estábamos pasando Teo y yo en ese momento del día. Hasta que habló, más bien era como un murmullo, creo que Theo estaba pensando las palabras adecuadas y no saber por dónde empezar la conversación.

-Ella murió hace diez años. -Lo dice como si la vida se le fuese en ello.

-Lo siento mucho viejo… no sé qué decir.

-Fué mi primer amor y el último, nos conocimos desde pequeños, ya jugábamos juntos sin tener uso de razón, y desde que tengo uso de razón supe que sería el amor de mi vida y que no habrá otra.

-Eso es hermoso, en ésta época ya no hay historias así, y si lo hay, es muy raro de que haya. Vivimos en un tiempo donde las relaciones duran menos que un café.

-Cierto. Mis hijos son prueba de ello, y por lo visto tú también. Nuestra época es bien distinta a la vuestra, en mi época cuando las cosas se rompían se arreglaban, y si una cosa no funcionaba lo hacíamos funcionar, ahora es todo lo contrario, si una cosa se rompe, es más fácil  tirarlo a la basura, y la cosa no es así.

-Tiene razón. Su época no es lo mismo que la mía. Pero dígame, ¿la soledad por la que pasamos los dos son iguales?

-No son iguales, pero si tú me cuentas tu soledad, yo te cuento la mía, así podríamos ver solamente las similitudes que tienen, si te parece bien. Empiezo yo.

-Por supuesto, la experiencia primero.

       Mi calvario empezó al inicio de la guerra, una guerra injusta, entre hermanos, vecinos, familiares y conocidos de un bando a otro. Mi mentalidad cambió nada más pisar el terreno, mi promesa de volver moría cada vez que veía a un compañero muerto, moría cada día que pasaba en aquel maldito infierno. Cuando perdí la pierna me sentí un inútil y fracasado por volver a mi hogar, sin haber luchado lo suficiente por mis ideales y dejar a mis hermanos a su suerte. Era un soldado de infantería, tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir, lo único que me aferraba a la vida era la promesa que hice, era lo único que tenía para no volverme loco. Sólamente escuché ruido ensordecedor que cayó a mi lado, no era consciente de ello, me lanzó varios metros, desubicado, perdido, me pitaban los oídos mientras yacía en el frío barro, intenté incorporarme, pero se me hizo imposible, era tal la adrenalina en mi cuerpo, que no me dí cuenta que tenía colgando mi pierna derecha, no sentía ningún dolor hasta que me di cuenta la gravedad del asunto y me desmayé. Desperté al cabo de tres días en el hospital, con una carta que me mandaría a casa. Antes de desmayarme en aquel frío barro, asumiendo que me iba a morir, mis pensamientos eran para ella, en la promesa que hice antes de partir a la guerra, en aquella estación de tren, la foto que está colgada en la pared. Le prometí volver de una manera u otra, volver a mi hogar junto con ella y mis hijos. Volví, pero no era el mismo, sentía que me faltaba algo y no era la pierna, sino que me dolía más fracasar, que haber perdido la pierna. Volví a casa como había prometido, una parte de mi murió en aquella guerra injusta, el fracaso que creó mi mente lo pagó injustamente mi familia, ellos estaban contentos de que hubiera regresado, todo lo contrario de lo que me pasaba, me volví malhumorado, uranio con la gente que me quería y sobretodo con mi familia y con la mujer que adoro y amo.

       Aunque la guerra hubiera terminado, estaba tan aferrado al pasado, pensando en que debí haber muerto en el frío campo de batalla con mis hermanos. La vida pasa y no espera a ninguno, y cuando me dí cuenta ya era demasiado tarde. Me olvidé de ser un buen esposo, de ser un buen padre para mis hijos, literalmente estaba muerto, moría cada día que pasaba y ni me dí cuenta de que mis hijos eran lo suficientemente mayores para tener su propia familia, ni me dí cuenta de la sensación abrumadora de ver tus propios nietos; esos tiempos de ausencia que tenía, fué mi cruz, era distante de mis propios hijos y no les culpo de ello, era lo que veían todos los días en casa, por eso quizá sean distantes conmigo y no les guardo ningún rencor, porque, lo que siembras es lo que cosechas. Ella siempre me esperó, esperó mi llegada de la guerra y esperó pacientemente a que volviera en sí, no le importó los años que pasaban, siempre me esperó hasta el día que desperté de mi locura. Sucedió dos semanas antes de su muerte, recuerdo aquella mañana, estaba al frente del espejo, ver ese rostro envejecido, lleno de arrugas, con el pelo lleno de canas y ver como había vivido mi vida sin haberla vivido. Disfrutamos esas dos últimas semanas como en los viejos tiempos, mis hijos ya tienen sus propias casas, disfrutamos nuestra casa como el primer día que nos vinimos a vivir aquí, me volví a enamorar de ella, empezaron a brotar mis sentimientos como los primeros flores que anuncian la primavera que se avecina, pasamos mucho más tiempo juntos, en familia, con nuestros hijos y mis nietos. Puede que sea su manera de despedirse, esperó a que estuviera bien y poder marcharse, me hubiera gustado irme primero, pero no pudo ser. Ahora me toca vivir la vida sin ella, aprender otra vez sin ella. Siempre he estado rodeado de mi familia, y a la vez muy solo, ese es mi castigo, esa es mi soledad y lo acepto de buen grado.

-No sé qué decir Teo. 

-No te quedes sin palabras, por que ahora te toca contar tu historia.

-No sé donde empezar, veamos.

       Mi soledad. Decidí, o no sé… la verdad es que no sé si ella me eligió, o por casualidad de la vida me tropecé sin querer con ella. La verdad es que, lo que uno más ansía puede volverse realidad, he tenido pocas relaciones sentimentales en mi vida, pocas, pero duraderas, y no he tenido tiempo para dedicarme a mí mismo, siempre he escuchado de gente que siempre dice que hay que estar a gusto con uno mismo, conocerse a sí mismo, antes de conocer a tu otra mitad. Siempre he tenido la idea de que nos enseñaron todo lo contrario, siempre nos han enseñado que nos espera en nuestra vida nuestra otra mitad, siempre nos han enseñado que somos seres incompletos, vacíos hasta que llegue la persona adecuada que llene nuestro vacío y que nos haga completos, yo pienso que somos todo lo contrario, nacemos completos, pero es muy duro, realmente duro, llevarlo día a día, y usted me comprende  y sabe lo que es eso. La mente humana algunas veces es traicionera, muchas veces, o no sé si seré el único; muchas veces queremos estar alejados de la sociedad, alejados de la gente, estar en paz con uno mismo, y muchas veces, al entrar en nuestras casas solitarias, de una larga jornada de trabajo, echamos de menos la sensación de que alguien nos esté esperando y oír algo parecido como: “cariño, que bien que llegaste, ¿qué tal el día?; el día que llegue a casa y oiga a mi perro decir eso, me hago millonario; que alguien nos abrace mientras dormimos en nuestras camas solitarias. Los días pasan raudos, unos días te despiertas contento, y demasiadas veces te despiertas cansado, sin energía, sin saber a dónde ir. Caminas por el mundo como un mísero espectador entre la gente, intentando ver tu misma mirada entre la gente que pasa, intentando identificarte con alguien, pero siempre es en vano, cada uno lleva lo suyo como puede, pero todos compartimos un halo de miedo y tristeza. Vivimos en tiempos que no sabemos lo que queremos, a aparentar que somos felices y ni siquiera tenemos tiempo para hacerlo. Mucha gente eligió este arduo camino por miedo, miedo a que le lastimen de nuevo su maltrecho corazón, a encerrarse en sí mismo, a crear barreras para protegerse y lo comprendo. Su época es muy diferente a la nuestra, nosotros nos ahogamos en un vaso de agua y sobrevivimos en el inmenso océano. Levo muy poco tiempo en este bucle sin fin para muchos, y no saben que la respuesta está dentro de cada uno.

-Muchacho, haces preguntas que tú mismo conoces, ¿por qué decidiste compartir el mismo camino que yo?

-Espero a alguien.

-¿Esperas a alguien?, ¿cómo es eso?

-La espero, que ella se dé cuenta de la realidad, la esperaré hasta que sane su corazón. Muchas veces no nos embarcamos en una nueva relación, por el temor de que nos dañen de nuevo, que la monotonía nos ahogue, que nos encarcelen, que nos corten las alas de ansías de libertad que tenemos, que no nos dejen alcanzar nuestros sueños y lo que es peor aparentar una persona que no somos.

-Por lo que veo estás dispuesto a malgastar tu valioso tiempo para esperarla. La quieres.

-No, la amo, esperaré que ella esté lista y si es mi castigo esperar, esperaré.

-Muchas gracias por esta entretenida conversación, me has abierto los ojos de que mi vida no ha sido tan mala después de todo.

       Teo no dijo nada, nos balanceamos lentamente al compás, estuvo largo tiempo inmerso en sus pensamientos, hasta que se echó a llorar. Dijo que a lo mejor era lo que pensaba su difunta esposa mientras le esperaba que viniera de la guerra o que despertara de su largo letargo.

  Fue un tremendo placer, haber descubierto una parte de su vida, de haber pertenecido o participado, aunque sea por un breve momento, fue un placer haber compartido mesa, desayunos, comidas, cenas y entablar muchos lunes de conversación, al vaivén de las mecedoras, pocas veces sin decir nada y muchas risas recordando viejas historias. No hay que juzgar a una persona por sus actos, siempre hay una historia detrás de cada persona, es lo que nos hace humanos. Al cabo de dos meses de escribir su historia, Teo se libró de su castigo, me alegré por él, porque por fin pudo reunirse con su amada.

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